El tiempo justo de las cosas

Entre sorbos de café y risas, la vida se siente más ligera
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Vivimos pegados a una pantalla viendo la vida de otros mientras la nuestra transcurre en segundo plano. Las redes sociales nos tienen tan inmersos en ese mundo digital que olvidamos lo que pasa del otro lado: la vida real, la que se vive offline, la que no tiene filtros ni edición. Pasamos horas contemplando triunfos ajenos, éxitos empaquetados, vidas que parecen ir siempre hacia adelante mientras la nuestra, creemos, va tarde. Pero ¿quién dictamina cuán tarde vamos? ¿Quién puso el reloj y decidió que a cierta edad debíamos tener esto o aquello resuelto? Nadie.

Esa carrera solo existe en nuestra cabeza, alimentada por algoritmos que nos muestran lo extraordinario y esconden lo ordinario, lo lento, lo que cuesta.

Cada proceso es distinto. Nada es lineal. Y sin embargo seguimos midiendo nuestro camino con la regla de otros, como si todos debiéramos llegar al mismo lugar en el mismo tiempo. Pero la vida no funciona así. Tiene altas y bajas, avances y retrocesos, momentos de claridad y largos tramos de niebla.

Hay quienes encuentran su rumbo temprano y hay quienes se pasan media vida buscándolo. Ninguna de las dos cosas está mal. Lo único que está mal es creer que existe una sola manera correcta de vivir. Si hoy decides estudiar algo nuevo, si quieres trabajar en algo completamente distinto a lo que te has dedicado la mitad de tu vida, es completamente válido. 

 

¿Quién decide que debes hacer lo que conoces hasta que te jubiles? ¿Quién escribió esa norma? Nadie que merezca el poder de definir tu existencia.

 

La vida la bailamos al son que vayamos, y si en algún momento decidimos cambiar de ritmo, cambiar de música, cambiar de pista, también está bien. No hay manual. No hay ruta obligatoria. Salir de la zona de confort trae sus retos, claro. Habrá quien te mire raro, quien te pregunte si estás segura, quien te recuerde todo lo que dejas. Habrá detractores, dudas, noches de preguntarte si hiciste bien. Pero al final del día, la vida la vives tú.

Nadie va a vivirla por ti. Nadie va a sentir tu cansancio, tu alegría, tu aburrimiento, tu plenitud. Entonces, ¿para qué seguir un guion que no escribiste? ¿Para qué complacer a quienes solo ven tu vida de lejos y opinan sin saber?

Lo más revolucionario que podemos hacer es apagar la pantalla y mirar lo que tenemos delante. Honrar nuestro propio tiempo, nuestras propias decisiones, nuestros propios errores. Dejar de compararnos con vidas editadas y empezar a habitar la nuestra, con todo lo imperfecto y real que tiene. Porque al final, lo que importa no es llegar donde otros esperan, sino llegar donde tú quieres estar. Y si decides cambiar de destino a mitad de camino, también está bien. Es tu viaje. Siempre lo ha sido.